Historia del valle de Turón, la tierra amada.

Este es el extracto de la entrada.

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Vista del valle
El valle de Turón con el macizo del Aramo al fondo( Foto realizada por Antonio Fernández en 1993).

 

 

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Manuel Jesús López (Lito Beyman)

                                                                                                                                                                                                     Inicio este blog para dar a conocer las vicisitudes relacionadas con las publicaciones de mis libros sobre la  historia del valle de Turón. Prometo hablar en las próximas páginas sin prisa pero sin pausa, sosegadamente, del contenido de todos ellos, de las manifestaciones de algunos periodistas acerca de los mismos, así como de todas las sensaciones que, personalmente, he experimentado en esta aventura literaria que comencé hace  tres décadas entre las que destacan la gran satisfacción que me produjo la investigación que estaba realizando y la colaboración extraordinaria de un gran número de personas de todo género con las que contacté a lo largo de esta andadura.

                                  Es de justicia que, previamente, dedique unas páginas a un  libro que  publiqué con anterioridad a los de Turón. y al que, también, le tengo un especial cariño como en su momento explicaré. Se trata de “Un filántropo asturiano: el brigadier Solís”, relacionado con la tierra hermana del concejo de Aller que, para mí, es la segunda”patria” pues de ella derivan los antepasados maternos de mi madre.

                                                           Valle de Turón, 1 de octubre de 2017

           

Las pasiones de una vida

  

                                                            Cuando concluí mis estudios universitarios  no me planteé en ningún momento buscar un empleo fuera de la región pues el permanecer aquí siempre fue algo prioritario, algo a lo que nunca  quise renunciar. Y como la colocación en la industria dentro de Asturias  no era fácil intensifiqué el programa de clases particulares en mi academia turonesa de La Felguera que hasta entonces venía impartiendo durante el periodo estival, desde mi época de estudiante.

                                                             A lo largo de bastantes años pude disfrutar  con la explicación de las ciencias exactas en diversos grados (BUP, COU, Magisterio, Ingenieros Técnicos)  y si bien al principio pensé en la posibilidad de optar  a una plaza como profesor de Matemáticas en un instituto de enseñanza secundaria, pronto desistí  de aquel propósito porque me dí cuenta  que de superar la prueba  la probabilidad de permanecer en Asturias eran casi nula por la sencilla razón de que no había vacantes en dicha disciplina por aquellos años.

                                                        Después de varios intentos fallidos de incorporarme al mundo de la empresa en Mieres  y Gijón, obtuve por oposición una plaza de funcionario en el Ayuntamiento de Oviedo siendo asignado,  al departamento de Intervención. Entonces, pude ver cumplido mi deseo de quedarme definitivamente en mi querida  tierra astur. Además,   dada la proximidad con Turón  y mi  vocación por la docencia, mantuve tres horas de clases vespertinas pues el andar entre  logaritmos e integrales y la posibilidad de transmitirlo a los demás, esto,  hacía que me sintiera como pez en el agua. Son años muy felices  de mi vida. Las clases  que eran intensivas. consistían en la sucesión ininterrumpida de la exposición teórica de un tema del programa seguida  de la resolución de problemas relacionados con la explicación del día anterior. Recuerdo como, a veces, para hacer  una especie de alto en el camino, vamos, para tomarnos todos un respiro-para desconectar unos momentos como se dice ahora-  proporcionaba a los alumnos alguna consecuencia relacionada  con lo que estábamos estudiando y siempre había un grupo que  agradecía esos detalles, vale decir, que se entusiasmaba porque tenía una inclinación natural hacia las Matemáticas. Por ejemplo si estábamos tratando la teoría de los números complejos les hablaba como curiosidad de la interpretación geométrica del producto de un número real por un número imaginario; si la protagonista era la recta les adelantaba que “toda recta es curva” o si el resultado del límite de una función era infinito,  no dejaba escapar la ocasión para darles algunas definiciones sobre el término, asegurándoles  que no era un número sino un adjetivo, término gramatical que, a primera vista sonaba algo así  como un polizón introducido dentro del vientre de  las mismas Matemáticas. En realidad,  todo esto entrañaba una desconexión del programa del día, pero sin  desconectar. ¡Qué tiempos!… Todavía me emociono  al recordarlo. Lo cierto es que, acomodado a la nueva situación, estaba convencido de que así habría de continuar mientras que las fuerzas  me respondieran. Pero ¡ay¡ la vida te va enseñando que nada es definitivo. De repente, uno se ve envuelto en  circunstancias con las que no  contaba, enredado en una madeja de la que en principio no ve una salida fácil, y que , a la postre, le va marcando de forma inexorable el camino a seguir  que no es, precisamente,  el deseado. Sucedió que, en 1985, mi padre enfermó gravemente. Fue el comienzo de una agonía de más de quince años a consecuencia de serios problemas cardiovasculares durante los cuales se fue degradando  de forma progresiva, donde la principal víctima fue mi madre, Mina de Fresneo, ya que ella tuvo que soportar el mayor peso de la nueva situación. Consecuentemente, ocasionado por  los innumerables traslados  a los hospitales de Mieres y Oviedo resultó que yo no podía cumplir  muchas veces con el compromiso adquirido con 

mis discípulos  que era, en primer lugar el respetar un horario preestablecido. Si a eso añadimos el gravísimo percance de carretera que sufrí en 1991, que no fue mortal de verdadero milagro,este hecho torció mi rumbo casi de forma definitiva.  Es fácil suponer, ante tan desfavorable situación,  que, después de más de veinte años volcado sobre la asignatura de las Matemáticas,  tenía que tomar una determinación drástica. Con verdadero dolor dí por concluido este ciclo de mi vida pero, dada mi condición de funcionario, tenía las tardes libres y  yo necesitaba llenar ese vacío a toda costa.  Sentía la necesidad de hacer algo que me diera  tanta satisfacción como la enseñanza y ese algo, casi inconscientemente, ya lo había iniciado tiempo atrás.

                                                      Al llegar a este punto necesito, obligatoriamente,  hacer una nueva mención a mi padre “Manolo el sastre” que fue algo más que mi maestro de primeras letras. Siempre actuó con mano severa  y disciplina férrea por lo que tuvimos , a veces, grandes desencuentros,  pero sé que lo hacía porque quería lo mejor para mí. A lo largo de su vida siempre procuró transmitirme toda clase de conocimientos a su alcance, fruto de sus estudios de Bachillerato  que tuvo que interrumpir a causa del conflicto fratricida de 1936 y de su afición a la lectura que practicó siempre. No es , pues, de extrañar que, desde la más tierna infancia, de sus labios oyera las grandes cotas  que, en distintos aspectos( social, cultural,  industrial…) había alcanzado  Turón en los años inmediatos a la guerra civil que coincidieron con los de su adolescencia. Por otro lado, en  los años ochenta del pasado siglo, cumpliendo un anhelo suyo y una curiosidad mía, comencé a construir la genealogía de su abuelo Ángel Martín de Enverniego, por cierto, estudiante con los dominicos del monasterio de Corias en el periodo 1861-1871,que sería, luego, uno de los últimos  grandes hacendados del valle de Turón ya que atesoraba , a su fallecimiento en 1941,una propiedad rústica equivalente en su totalidad a la extensión de cuarenta campos de fútbol. En el archivo parroquial descubrí nombres de mis ancestros, de turoneses de otros tiempos, de notarios,…  y, en el provincial, testamentos de mis antepasados en los cuales aparecían, en ocasiones, nombres de testigos  que habían sido  vecinos suyos. Con todos estos ingredientes la idea estaba servida. Si a esto sumamos el fuerte sentimiento de mi  madre hacia Turón  para la que no hay otra tierra mejor que este valle y dentro de él su Fresneo natal, afecto profundo que sigue manteniendo tan firme como ayer,  aún hoy con sus noventa años a cuestas, esa atmósfera especial en la que crecí fue empapando mi alma y llegó el día de poner en marcha el proyecto de  ahondar en la historia de Turón. Era el instante preciso para  aventurarse en aquella empresa, si tenemos en cuenta que, por entonces, ya había resuelto también mis ecuaciones  afectivas , que para todo hay que dejar tiempo en esta vida. Discurría el año  1995 cuando dí a conocer el primer volumen (Informaciones del Turón antiguo) al que seguirían otros seis más en los años siguientes, todos ellos acogidos por el público  con excepcional benevolencia, que todo hay que decirlo, tanto  por los turoneses que residen  en el Valle como por los que viven en diferentes puntos de España y del mundo por aquello de la  diáspora (Madrid, Málaga, Pamplona, León. Argentina, México,    Francia, Bélgica…..). Precisamente, en estas próximas semanas saldrá a la luz uno nuevo, “El despertar de Turón”, que hace el octavo de la serie.

                                                                El pasado año, el Jurado propuesto por la Junta Directiva de  la Asociación Cultural ”Galardones  Mierense del Año 2013”, tuvo a bien el concederme tan prestigiosa distinción, según su criterio, “por personificar  los valores de esfuerzo, compromiso y trabajo desinteresado en beneficio el concejo”. Bueno, la verdad que  esto queda muy bien cara a la galería , pero me parece  que han exagerado un poco, pues quiero puntualizar que lo que yo hice era como una obligación para con mi valle; además alguien tenia que hacerlo. Si a ello se le añade que lo efectué como un agradable entretenimiento, realizándolo voluntariamente  y con la mayor ilusión, no veo ningún mérito en ello, lo  que no obsta para que lo agradezca sinceramente ya que  sería un descortés si no lo hiciera.Por el contrario, verdaderamente  digno de elogio, y que conste que no son simples palabras para quedar bien ante los lectores, es  la inmensa labor  que ha realizado Laudelino Rodríguez “Tito”, verdadero alma mater de estos premios al que nunca se  valorará lo suficiente por esta loable iniciativa que puso en práctica hace nada menos que cuarenta y dos años y que continúa tan viva como entonces a pesar de los negros nubarrones que planean sobre la vida económica del país.

                                                                 Para terminar  quiero decir que   los  años  dedicados  a la docencia los ejercí con plena satisfacción, que me afané en escarbar sobre el pasado de  nuestra tierra turonesa  lo que me ha producido un enorme placer, que en el tiempo que pasé en el Consistorio ovetense  hice grandes amigos que todavía conservo y que, aunque a costa de alguna renuncia material, permanecí siempre en Asturias para estar en mi municipio de Mieres ,al lado de Turón, de mis familiares y de mis padres que han sido para mí excelentes educadores. En este aspecto he sido un privilegiado. Estas son las pasiones de mi vida. Cualquiera pudiera pensar que  con todos estos componentes he alcanzado la felicidad suprema, algo así como el nirvana que  preconizaba el Buda. No ha sido así, evidentemente, porque la vida está llena de episodios favorables y adversos, de aciertos  y de fracasos,de situaciones agradables y de otras que no lo son tanto. No obstante, si al hacer un balance de  todos  estos parámetros se obtiene un  resultado  positivo, ello es una señal inequívoca de que ha merecido la pena vivirla. Por mi parte, solamente,  el hecho de haber nacido en Turón con todo lo que  esto conlleva, de permanecer dentro de él bastante más tiempo de lo que pueda parecer,al que vuelvo continuamente sin haber salido nunca de él, ha colmado todas mis aspiraciones.

                             Manuel Jesús López “Lito”(Artículo realizado a petición de la revista “Mierenses del Año 2014”).

Foto Mierenses 2013
Mieres del Camino abril de 2014. En primer término  con los otros dos galardonados como “Mierenses del Año 2013” (Foto de Roberto Menéndez).
Angeles Rivero
El mismo día saludando a Ángeles Rivero, directora de La Nueva España, en presencia de Mario Antuña, director de la sección “Cuencas”(Foto de Roberto Menéndez)

 

                                                                                                                                            

                                            En los siguientes espacios irán apareciendo comentarios de la editorial, de diversos  periodistas  y míos propios, acerca  de las publicaciones relacionadas con el concejo de Aller y, sobremanera, las referidas al  valle de

1954 Con mis padres en la fiesta de la Soledad de Enverniego
Enverniego 1954. Con mis padres y mi prima Adelita.

Turón. En ellos, indistintamente, firmaré con mi nombre o con el seudónimo “Lito Beyman”  como homenaje a mis progenitores. Me explicaré: el término “Beyman” no corresponde a ningún extranjerismo como pudiera pensarse a primera vista, pues debo de aclarar que nunca fui partidario de ellos; muy al contrario, se trata de un  acrónimo formado por las sílabas iniciales del nombre de mis progenitores (Belarmina  y Manuel) a los que debo tanto.

 

 

 

 

 

 

Reseña biográfica de   Manuel Jesús López González (2006.Editorial)

                                                                     El Fabar,  era uno de los barrios emblemáticos del  valle de Turón, situado entre El Lago y La Felguera, tiene como puntos periféricos de referencia, el campo de La Bárzana por un lado, y la iglesia parroquial de San Martín por otro, que es tanto como decir dos pasiones: el fútbol y la religión. En los años anteriores a la Guerra Civil, época de expansión de la empresa minera Hulleras de Turón, en una pequeña explanada ubicada en el vértice de la carretera general y la que va al recinto deportivo, a la sombra de un castaño centenario que hoy ya no existe, se cultivaba una tercera pasión: la política, alimentada por los vecinos del contorno con acaloradas tertulias cotidianas; después, vino el sangriento conflicto fratricida que, todos sabemos,  acabó como el rosario de la aurora.   

El Fabar (2)
El Fabar. A la derecha parte posterior de la casa natal (lleva una franja de color verde en un lateral)

                                                                En este barrio nació Manuel Jesús López “Lito”, en plena posguerra, pero luego viviría siempre a caballo entre este lugar y la capital del Principado, completando aquí sus estudios en la Facultad de Ciencias y en la Escuela de Minas. Titulado superior y funcionario del Ayuntamiento de Oviedo, alternó dichas actividades con la enseñanza de las matemáticas en su academia turonesa por la que desfilaron a lo largo de un cuarto de siglo más de mil alumnos de diversas especialidades (Bachillerato, Magisterio, Ingeniería Técnica de Minas…)        

                                                     El relativo “exilio” al que le han forzado razones familiares y profesionales no ha sido óbice para que se sintiera cada vez más vinculado a los problemas de su tierra. Probablemente, esa perspectiva de horizonte, haya sido crucial para que pudiera percibir con mayor nitidez la cruda realidad del Valle experimentando un impulso endógeno, cada día más fuerte, que le sugirió desde 1.987 la necesidad de reflotar de alguna manera, el pasado brillante que ostentó el Valle para compararlo con el estado de brutal regresión que, incomprensiblemente, padece en la actualidad. Así, fueron brotando los siguientes títulos: “Informaciones del Turón antiguo” en el año 1.995; “Memoria gráfica del Turón industrial (1.880-1.980)” en 1.997; dos años más tarde “Turón. Crónica de medio siglo (1.930-1.980)”; en 2.003 “Turón. El fin de una época” y, finalmente, en 2.006 “En busca del Turón perdido”.   

 

Libros 8
Portadas de los ocho libros de Turón publicados hasta 2015.

                                                                     El origen de esta andanza literaria tiene ancladas sus raíces en la propia infancia de Lito, pues en la sastrería que regentaba su padre en El Fabar, oyó multitud de anécdotas relacionadas con el pasado y el presente de aquellos mineros que eran sus clientes exclusivos. “Manolo el sastre”, como era conocido por sus convecinos, que era una persona amante de la cultura y siempre dispuesto a ampliar sus conocimientos, tuvo que interrumpir esta noble inclinación transitoriamente por causa de la guerra cuando cursaba el Bachillerato en 1.936. Gran conversador, se interesaba por las vivencias de sus parroquianos, sus destrezas en el trabajo cotidiano de la mina o fuera de ella cuando se trataba de gallegos que aterrizaban en Turón después de regresar alguno de ellos de una aventura americana en Cuba, Argentina o EE.UU. En aquél taller también enseñó a Lito a leer, escribir y hasta dividir cuando aún no había cumplido los seis años de edad. “Manolo el sastre” fue, sin lugar a dudas, su maestro de primeras letras. La sastrería fue, por tanto, la primera aula de Manuel Jesús López “Lito” y, más adelante, siempre gracias al concurso de su padre, tuvo noticia de la importancia social y cultural que había tenido Turón en las décadas de los años veinte y treinta del pasado siglo, que él mismo pudo constatar en la posguerra, aunque ahora sólo desde el punto de vista industrial, cuando el Valle era una inmensa factoría desde Urbiés a Figaredo donde se afanaban diariamente ocho mil obreros. Con todos estos ingredientes, transcurridos los años necesarios para que Lito resolviera las ecuaciones fundamentales de la vida, tanto las sentimentales como las universitarias y profesionales, pensó un día en la posibilidad de sacar a la luz el brillante acontecer de su tierra ya que estaba convencido de que Turón no era un valle cualquiera, mostrando desde entonces, no solamente la crónica de nuestro pasado, sino también la crítica cada vez más enérgica por el estado de desolación en el que han sumido al territorio – ya han pasado doce años desde el último cierre minero y la economía local sigue cuesta abajo – aquellos en los que los turoneses han depositado su confianza legislatura tras legislatura.              

                                                         Manuel Jesús López “Lito” ha sido, pues, el verdadero artífice del descubrimiento de la historia del valle de Turón. Gracias a su esfuerzo, salieron a la superficie multitud de datos que permanecían como enterrados y de los que no se tenía noticia alguna. Papeles y documentos ocultos en insospechados archivos, a veces, que hablaban de los poderosos que en la antigüedad dominaron aquella tierra y que estaban esperando una mano que hurgara en los entresijos que supone siempre todo tipo de investigación. Así salieron a la luz estudios genealógicos detallados de multitud de familias oriundas del territorio entre las que cabe destacar a los Martínez de Vega de San Xusto que pasa por ser el linaje de más enjundia de los habidos en el Valle y que sirvió en alguna ocasión para relacionar a personas que sin conocerse pertenecían a este mismo tronco. El autor realiza, además, una exposición pormenorizada de todas las concesiones mineras asentadas en la zona a partir del segundo tercio del siglo XIX y que significaron el preludio del desarrollo industrial del Valle en la época contemporánea, fenómeno que se culminó con la fundación de Hulleras de Turón en 1.890.        

                                                        Finalmente, queremos resaltar que en cada uno de los libros que componen la historia de Turón de Lito, existe un importante repertorio fotográfico que abarca desde el último tercio del siglo decimonónico hasta nuestros días. Son cientos de imágenes en las que se recogen aspectos familiares, laborales, artísticos, festivos y deportivos de los turoneses, que hablan por sí solas del heroísmo y la nobleza de estas gentes que con su ejemplo hicieron grande a la tierra que les vio nacer.                                                                                                                                               

Cutrifera
¡Cutrifera! Formidable bastión, altanera cumbre, imponente cima. Cutrifera, cual si fueras baluarte defensivo, tu presencia parece proteger hasta el último rincón de nuestro valle. ¡Cutrifera, sentimos emoción de tu grandeza!

                                                 “Este monte , con toda seguridad, fue lo primero que percibimos sentados al borde de una ventana posterior de la casa del Fabar donde vimos la primera luz. Esa cumbre fue la compañera de nuestros ojos cuando con pocos años ya la contemplábamos acariciando un enorme gato negro de pelaje brillante con el que jugábamos habitualmente, viendo pasar de forma continuada los largos convoyes de carbón que lentamente se dirigían hacia el lavadero de La Cuadriella…. Por eso, al mirar a Cutrifera, no podemos evitar el sentir cierta nostalgia, pues ello nos lleva, también, a evocar a los seres queridos que se fueron para siempre” ( extracto de la pág. 396 del libro “Turón, hora cero”).

 

LA INVESTIGACIÓN HISTÓRICA: UNA AVENTURA FASCINANTE

                          Al publicar esta serie de libros sobre el valle de Turón a lo largo de tres décadas, han sido muchos los turoneses que en distintas ocasiones se han dirigido a mí para darme la enhorabuena “por haberles facilitado una variedad de datos sobre la historia de nuestro pueblo” y esto, evidentemente, me ha llenado de orgullo. ¡Muchas gracias, de corazón! Pero, previamente, ya había experimentado otro placer cuando en mis horas de estudio iba descubriendo aquellas noticias, buceando en los documentos antiguos que duermen en las estanterías de archivos  y hemerotecas, esperando- como dijo el poeta-que una mano desempolve aquellos legajos y extraiga de estos o de cualquier periódico de otro tiempo, una información que de este modo vuelve a cobrar vida. Por lo tanto, esta aventura para mí ha supuesto una doble satisfacción. Las líneas que siguen a continuación- una breve historia de nuestro valle- son el resultado de esa afición cultivada durante muchos años  que, hasta el momento presente, ha quedado plasmada  en los nueve volúmenes que han visto la luz desde el año 1995. En otras palabras: la historia  del valle de Turón ,en sentido amplio, se puede ver en esos libros de los que iremos hablando por orden cronológico de su publicación, así como de sus presentaciones en Turón, Oviedo  y Gijón; en cambio, la misma historia, en sentido estricto, es  la que hemos compendiado en el artículo que viene a continuación. 

                                                    Lito Beyman, octubre de 2017

                

HISTORIA GENERAL  DEL VALLE DE TURÓN 

 

                        Desde el punto de vista geográfico cabe decir que el valle de Turón ocupa la parte sureste del municipio de Mieres. Recibe el territorio tal denominación del rio Turón que nace en la fuente del Texu, situada en los montes de Urbiés por encima del barrio de L ‘Agüeria el cual, después de recibir el tributo de numerosos arroyos y riachuelos por ambas márgenes, entrega sus aguas al rio Caudal en Figaredo a la altura de la Vega Piqueros. Está orientado según la dirección Este-Oeste y su extensión está próxima a los 49 Km2. Limita al septentrión con los cordales de Polio  y La Salencia; la parte meridional la confina el murallón ininterrumpido de L.longalendo y Navaliego, mientras que hacia el oriente, que es la cabecera del Valle, está cerrado por los montes de Urbiés. Cimas destacadas de estos macizos montañosos son Burra Blanca, cota de 1141 metros sobre el nivel del mar que, a su vez, es la más elevada del concejo,  Cutrifera (1.064 metros) y Polio (1.050 metros).Finalmente, decir que la parte abierta del Valle se sitúa a la altura de la iglesia de Santa María de Figaredo y aquí hay que emplazar su límite a Poniente.

Si nos atenemos a consideraciones cartográficas y teniendo en cuenta el meridiano de Greenwich como referencia, se puede situar el valle de Turón entre los meridianos 5º 37’ 53’’ y 5º 46’ 45’’ longitud Oeste, y entre los paralelos 43º 11’ 33’’ y 43º 14’ 1’’ latitud Norte.                    

                   Pasando al aspecto poblacional, parece ser que en el Muesteriense   (Paleolítico) el hombre primitivo penetró en Asturias procedente del Este. Esta fase está comprendida entre el último período interglaciar y la postrera glaciación (milenio IX antes de nuestra era). Según avanza esta, se van poblando las cuevas de Asturias que ofrecía una buena protección contra un clima desfavorable en extremo. La leyenda ,más que la historia, nos habla de ese largo periodo que va desde  el abandono de las cavernas hasta las invasiones célticas. En el periodo Asturiense (milenio IV a. de C.) este individuo comenzó a vivir  a la entrada de las cavernas y en la Edad de Bronce (siglo a. de C.) ya se explotaban las minas del Aramo por unos hombres que tenían como ocupación ordinaria el pastoreo estacional. Aquellos hombres prehistóricos, al tiempo que apacentaban sus rebaños, practicaban una rudimentaria agricultura. De esta etapa son algunas aportaciones lingüísticas a la toponimia del valle de Turón como Cuitu, Cabana o Carrascal. La relativa tranquilidad en que vivían se vio interrumpida con la llegada de los celtas hacia el siglo IV antes  de nuestra era. Se trataba de unas tribus bárbaras y aguerridas, celosas de su libertad que comenzaron a instalarse en unas viviendas de planta circular, situadas dentro de un recinto amurallado, llamados castros de los que en nuestro valle quedaban algunos vestigios (La Llana ‘l Rebullu, Escucha, Sarabia,…). Las contribuciones lingüísticas de esta cultura son los vocablos Candanal, Veiga  y otros relacionados con sus creencias religiosas como Tablao y Bárcena. Después  vino la invasión romana que se produjo unos pocos años antes del inicio de nuestra era. La población aborigen fue desplazada de los cerros donde habitualmente vivía, a otros lugares que, por su ubicación de mayor accesibilidad, permitía un mejor control sobre ella. La romanización que fue lenta dio lugar a la formación de las “vilas”, extensas granjas agrícolas con un propietario (posesor) a cuyo servicio había un considerable número de siervos con sus respectivas familias. Así nacerían nuevos enclaves en el Valle como Vil.laño, Vil.labazal y Vil.lapindi (según la grafía actual de la Academia de la Llingua asturiana).

                             En el siglo V se desmembró el imperio romano y otro pueblo invadió  la península ibérica: los visigodos que se mantuvieron hasta comienzos  del siglo VIII. Con la llegada de la Iglesia cristiana a Asturias hacia el siglo VII, se va adoptando  el término parroquia como unidad administrativa, que provenía en muchos casos de la vila romana correspondiente. El valle de Turón se dividió en la de San Martín con base en La Felguera que comprendía desde los montes de Urbiés hasta el arroyo de Santa Marina, y la de San María de Piñuli que abarcaba el resto del Valle extendiéndose, incluso, fuera del mismo hasta  el río Caudal, y teniendo por límites al  sur La Peñona y al  norte la localidad actual de Santullano.

                            “El año 711 marca el comienzo de la invasión musulmana a nuestro suelo patrio y el desmembramiento de la monarquía  visigótica. Aquellas huestes, procedentes del África septentrional derrotaron a D. Rodrigo en la batalla del Guadalete y avanzaron rápidamente hacia el norte saqueando y destruyendo todo lo que encontraban a su paso para minar la moral de la resistencia. Alguien dijo: “Alá había infundido el temor en el corazón de los infieles”. En estos tiempos de subyugación, muchos cristianos que defendían con firmeza el mantenimiento de la fe, eran escarnecidos  e, incluso, sacrificados. Y cuando algunos de estos mártires caían eran recogidos por sus hermanos de credo que, con gran veneración, los transportaban  y escondían, sepultándolos en lugares secretos; en ocasiones extremas se veían obligados a traslada sus restos a lugares más seguros para evitar las profanaciones. Este parece ser el caso de un grupo de frailes benitos que, junto con otros cristianos, se desplazaron a las tierras del Norte de España huyendo de la barbarie sarracena. Como tantos, atravesaron el  gran murallón de los montes Erbáseos. Cruzaron profundos desfiladeros y, vadeando ríos y colinas, alcanzaron un punto desde el que se dominaba un valle estrecho, selvático, dotado de espesa vegetación. Era un lugar próximo a los 800 metros de altitud, al pie del monte Polio, donde aquella comunidad religiosa decidió  fundar un monasterio y la correspondiente iglesia. Portaban consigo  un arca con algunas reliquias de los niños mártires Justo y Pastor” (fragmento de la página 28 de mi libro “Informaciones del Turón antiguo”). Se ha dicho repetidas veces con verdadero conocimiento de causa que el poblado que surgió alrededor de este templo (San Justo) es, no solo el más elevado  sino  también el más antiguo del concejo de Mieres.

S. Justo
Capilla de los niños mártires Justo y Pastor en el pueblo de San Justo( foto de Lito Beyman).

                                 La Monarquía  Asturiana,  que surgió , automáticamente, como un mecanismo de defensa ante la invasión de los mahometanos, utilizó a la Iglesia como un elemento de cohesión necesario para expulsarlos.  Los reyes de Oviedo,  dentro del territorio reconquistado a los  sarracenos, comienzan, distribuir tierras entre sus colaboradores más próximos (condes, etc.). Con el tiempo, tanto unos como otros, también  cederán a la Iglesia, a través de sus diversos organismos, numerosos bienes a modo de legados testamentarios con el fin de asegurar sufragios a favor de la propia alma o la de la  de sus  parientes más cercanos. El documento más antiguo que hace  referencia al   valle de Turón es  del mes de abril del año 857  y corresponde al testamento del rey Ordoño I  por el cual, entre otras disposiciones, dona  a la Basílica del Salvador,” las iglesias de San Martino de Turón, de San Andrés y de los santos Justo y Pastor en Polio”.

                        El carácter de estas concesiones y otras semejantes son con toda probabilidad el origen del extenso patrimonio eclesiástico en el Valle. La tierra, principal fuente de riqueza, va a pasar en buena medida   por    este conducto,  al estamento religioso y así se explica que  en los siglos siguientes aparezcan como principales propietarios del valle de Turón, los señoríos  del monasterio de San Vicente de Oviedo y de la colegiata de San Isidoro de León.  A comienzos del siglo XII la yuguería irá sustituyendo a la antigua “vila”, siendo el origen de la tradicional casería, institución  básica  del campo asturiano hasta los tiempos contemporáneos.

                        Durante los siglos IX al XII ciertos diplomas hacen mención al territorio de las Somozas, dentro del cual se integra el valle de Turón). De su lectura deducimos antiguos propietarios en este período como María Analso, Rodrigo García, María Martíniz, Suero  y Tarasia Martíniz, Fernando Pérez, Giraldo, García Martínez, Martín Martíniz y María Johannes otros (ver “Informaciones…” págs. 33 a 38 y “En busca del Turón perdido” págs. 23 a 32).

                        A partir del siglo XIII, los monarcas castellanos  van repoblando las zonas que van quedando alejadas de los escenarios de lucha contra los musulmanes como es el caso de Asturias. Así es como se constituye el concejo de Lena en 1266 por privilegio otorgado por el rey de Castilla Alfonso X el Sabio, dentro de cuyo alfoz se ha de encuadrar el valle de Turón. Pero los bienes de realengo no solo son donados  a la Iglesia de Cristo, como ya hemos visto, sino también a la Nobleza cuando el monarca de turno en su lento avance hacia el sur tiene que recompensarla por su ayuda en la lucha contra el invasor islámico. Ello explica que en el valle de Turón aparezcan desde el siglo XV otros poseedores de la tierra  que en lo sucesivo han de rivalizar con el Clero en cuánto a poderío económico se refiere.  

                        Coincidiendo con el nacimiento de las estructuras municipales desaparecen los siervos transformándose en colonos o arrendatarios de la tierra que en gran parte detentan los dos estamentos capitales   de la sociedad feudal ya señalados. Uno de los nuevos propietarios oriundo de la capital del concejo   creará  la Casa de Figaredo: Este mayorazgo se erigió en 1646 y procedía de una baronía salida de la Casa de Quirós. Su fundador, Diego Bernaldo de Quirós era hijo de Sebastián y de Antonia Lorenzana y nieto de otro Sebastián  casado con Catalina de Miranda, todos ellos vecinos de Pola de Lena. Diego, que fue regidor perpetuo del concejo, tuvo tres esposas pero de las dos primeras no tuvo sucesión masculina; en cambio, la última, María de Valdés Alas, le dio los siguientes hijos: Sebastián, Diego, Manuel  y Francisco (extracto de la página 59 de la obra “Informaciones…”). Desde el palacio situado a la entrada del Valle se dedicaban a administrar y controlar su extenso patrimonio, que se extendía por Villabazal, La Felguera, Castañir, Misiego, Villaño, Arnizo y Urbiés, donde  tenían otras tantas caserías en  calidad de arriendo. El otro aristócrata del contorno, conocido más tarde como   vizconde de Heredia, procedía de La Alcarria. Uno de sus miembros, Bernardo de Heredia  llamado “el viejo”, inició en 1545 una carrera de adquisiciones  en el antiguo concejo de Lena y, en particular, en el valle de Turón en su parte baja, quiere esto decir, la franja comprendida entre Peñule y, una de las pocas zonas que, precisamente, no estaba copada por la Casa de Figaredo. Este mayorazgo fue instituido por Alonso de Heredia, hijo de Bernardo, en 1587, aprobado por real facultad de Felipe ll (notas extraídas del libro “En busca del Turón perdido” pág. 70). El vizconde de Heredia, como era conocido, estableció su centro de poder en una loma de Santullano (Villarejo) donde construyó el correspondiente palacio.

_Palacio Figaredo
Palacio de Figaredo, hoy convertido en hotel.

              La casería era una especie de patrimonio familiar que no podía ser fragmentado  bajo ningún concepto. Mediante el sistema de heredero único, al primogénito  o mayorazgo, se le mejoraba de tercio  y quinto con lo que su dominio siempre permanecía  con unos límites muy precisos. En un principio las caserías estaban en manos de los grandes detentadores de la tierra ya señalados pero ya en el siglo XVI, aparte de aquellas, había otras que eran propiedad de los labradores y de las que, no más de una docena tenían una extensión entre dos  y ocho hectáreas, regentadas por ciertos propietarios, a los que se les catalogaba de “ricos”, pues eran autosuficientes en su producción anual, lo que les permitía vender sus excedentes. Por contra, la mayoría de la población tenía escasas pertenencias con las que malvivía, a los que  una mala cosecha  sumía en la miseria más absoluta y, luego, estaban los arrendatarios que aún vivían peor, pues su trabajo anual apenas les servía para cumplir los compromisos contractuales con sus amos, es decir, la Nobleza y el Clero ya señalados. Finalmente, hay que citar a los jornaleros y a los pobres de solemnidad, que completaban el cuadro social.

                        Agonizaba el llamado “siglo de las luces” y nadie sospechaba que pronto iban a producirse en el territorio pequeños movimiento en el aspecto económico  que, a la postre, habían de derivar en otros de mayor envergadura que convulsionarían la existencia de sus habitantes. Ocurrió esto cuando un grupo de mercaderes tocó la tiera de nuestros ancestros, perforó el virginal tapiz y hurgó en su interior. Entonces, profirió la frase mágica:¡Esto es oro! Semejantes palabras sonaron atronadoras en sus oídos y llenaron de codicia sus corazones. Comenzó entonces  la apertura de surcos y se abrieron nuevos hoyos en el vientre de la montaña.

                                                Con la llegada del siglo XIX los aires de la Revolución Francesa van a producir cambios  fundamentales en la sociedad española. Será este un proceso lento y salpicado de serios contratiempos, pero a la larga ocasionará una gran transformación con las medidas liberales adoptadas, como los fenómenos desamortizadores de Mendizábal por un lado, que intervienen una parte de los bienes eclesiásticos, y por otro, las nuevas normativas jurídicas que afectarán a la condición de mayorazgo  acabando  por desaparecer. No podemos pasar por alto otro hecho muy importante que se produce finalizado el primer tercio de la nueva centuria: formación del nuevo concejo de Mieres por segregación del de Lena 2 de enero de 1837). Y el valle de Turón pasará a formar parte del nuevo municipio.

                                                     En este tiempo, la llegada de la Revolución Industrial trae consigo la aparición de las máquinas, el trabajo en cadena y la elaboración de los productos manufacturados. Es la época del surgimiento del capitalismo , una nueva forma de explotar al pueblo, que reemplaza a la antigua nobleza. Pero para poner en movimiento las  fábricas es vital  el uso de combustibles sólidos, vale decir, del carbón, y aquí entra en escena nuestro valle, pues Turón atesora en su  interior unos yacimientos de hulla de especial relevancia, según confirma el detallado estudio que el ingeniero alemán Schultz, dejó patente en su “Descripción geológica de la provincia de Oviedo” publicada en 1858.No obstante, como los cambios en este país siempre han sido lentos, al comenzar el último tercio de la centuria, la  distribución de la tierra era similar a la de siglos anteriores y, aparte de los estamentos poderosos, existían ese puñado de grandes propietarios que ahora obedecían a los nombres de Matías Fernández-Prieto de Fresneo, Francisco Fernández de la Llanapumar, Juana García de la Llera de Peñule, Eustaquio Álvarez de Villabazal, Francisco Martínez de Vega de Villapendi, Benito González de Enverniego y José Fernández “el mayorazu” de Villaño.

                                                            Como hemos dejado entrever más atrás, desde finales del siglo XVIII pequeñas concesiones mineras habían realizado una incipiente explotación carbonera en el Valle con medios absolutamente artesanales. En 1801 ya se transportaba mineral de Turón a esta factoría (talleres de cañones de fusil  y bayonetas de Mieres que funcionaban como una sección de la Fábrica Nacional de armas de Oviedo) por medio de carros de bueyes, encargándose del suministro el contratista D. Zenón R. Somodevilla, que tenía a su cargo a varios carreteros: Andrés Argüelles, Francisco Lobo, Francisco Muuñiz, Juan Díaz, Matías Díaz, Diego Álvarez y Miguel González (extracto de las págs. 217 y 218 de “Informaciones del Turón antiguo”)  En 1845 aparece el primer registro minero publicado en el Boletín Oficial de la Provincia. Se trataba de la mina “Escribana”, situada en términos de Cabojal y lo realizó José Martínez de Vega. Algún tiempo después, en 1867, en terrenos de Cortina, Vicente Fernández, natural del caserío  La Pena ‘l Padrún de Figaredo, funda el “Coto Paz”. Vicente estaba casado con María Martínez de Vega, que era la dueña de los terrenos y sobrina del anterior. Estas consideraciones nos permiten afirmar que los fundadores de “Minas de Figaredo” eran descendientes del linaje autóctono más importante de nuestro valle: los Martínez de Vega. Ellos mantenían, desde siglos atrás, extensas parcelas de terreno en el territorio y una de sus ramas, a través de María, hija de Francisco Martínez de Vega, nacido en S. Justo y vecino de Villapendi iniciaron a gran escala explotación de los yacimientos carboníferos de la parte baja del valle ( tengamos en cuenta que esta  empresa ya facturaba   20.000 Tm. anuales en 1890 ). Mientras tanto, en el resto del territorio se continuaba registrando minas y creando nuevas concesiones (Progreso, Fortuna…) pero con escaso rendimiento. Al comienzo del último tercio de la centuria  realizaba trabajos de cierto interés principalmente la “Sociedad Hullera y Metalúrgica de Asturias”, sobremanera de preparación y alguna pequeña explotación. En el paraje “Las Caciones”  se beneficiaba la capa “Taza de Oro” transportando el mineral hasta Santa Marina por medio de un cableario; también se extraía el carbón en la mina de Repedroso, la que más tarde se denominaría “capa 7” de la que se obtenía un cok de excelente calidad (extracto de la pág. 193 de” Informaciones…”). Después, vendrían otra empresas (Dionisio Pinedo, y cía, José Menéndez  y compañía) pero todas ellas se encontraban con las grandes dificultades  para trasladar el mineral a los centros de consumo. Las malas comunicaciones era unos de los grandes problemas y para mejorarlas se necesitaba realizar una inversión importante. Llegamos así al año 1890 cuando, se constituye” Hulleras de Turón S. A.” con capital vasco comenzando una nueva época en la historia industrial de este territorio. La nueva Sociedad adquiere las minas  abiertas en ese momento en  la parte media  y alta del Valle ( aparte de las citadas, las de Salvador Pujó, Sociedad  Hullera  y Metalúrgica Belga, Justo Mata  y Merlier) haciéndose dueña de una superficie cercana a las 5000 Ha, en la que estaban incluidas las pertenencias  de la Nobleza ,ya descritas más atrás, y muchas de los grandes y pequeños propietarios rurales que, a partir de entonces, vieron  sensiblemente  mermado su patrimonio.

                                                              La Compañía, como se la conoció desde un principio, venía dispuesta a extraer hasta el último átomo de carbono del  monumental filón y en 1894 obtuvo la primera producción evaluada en 78.143 Tm de hulla bruta procedente de los grupos de San Pedro, San Vítor y Santo Tomás. Las labores mineras se fueron desarrollando con grandes dificultades debido al escaso número de obreros que había al principio, pero la Empresa, consciente de este déficit pronto canalizó hacia Turón una legión de obreros procedentes de los más variados puntos de la Península.

La Cuadriella 1
1915. Instalaciones de Hulleras de Turón en La Cuadriella.

                                                Aquel conglomerado de forasteros ,poco a poco, fue incorporando  a la vida local, ideas diferentes, formas distintas que aportar a los momentos de ocio que, en suma, eran una copia de lo que se realizaba en cualquier villa o ciudad española desde hacía bastantes años, lo que hizo a la sociedad turonesa ir evolucionando al aprovechar  intervalos de bonanza económica, caso de la primera Guerra Mundial en que España quedó fuera del conflicto y el oro negro nacional no sufrió la tradicional competencia del carbón inglés por ser el Reino Unido uno de los países beligerantes. Los  llamados    “felices años veinte” también lo  fueron  para Turón ,pues  ese tiempo  corresponde a la     llegada   del  cinematógrafo, del primer equipo federado de fútbol  (el Club Deportivo Turón),  de la Banda de Música y de la Coral Polifónica de 90 voces con su academia propia que permitía iniciar en el solfeo a niños  y  niñas, potenciales integrantes de la agrupación en un futuro cercano. Mención aparte merece la inauguración del Ateneo Obrero, verdadero templo del saber. con su biblioteca circulante  de más de 2.000 volúmenes y con ciclo semanal de conferencias por cuya tribuna pasaron célebres personalidades del momento en el mundo de las artes  y las ciencias. Solo dos detalles para dar fe  de la importancia de este foro turonés. El primero de ellos corresponde a  1932  cuando pasa a ocupar la presidencia de todos los  ateneos de Asturias; pero en 1927, después de  una visita por toda la región a esta clase de establecimientos,  la parlamentaria socialista Margarita Nelken exclamó entisiamada: “En todos los Ateneos asturianos que conozco observé una grandísimo amor a la cultura, pero los que me llegaron al alma fueron los ateneísta de Gijón y Turón; viendo a estos hombres renace en mí la esperanza de que en breve se podrá formara la nueva España que tanto necesitamos. Este florecimiento cultural fue posible gracias a emprendedores que han pasado a ocupar  un lugar  preferente dentro del marco de nuestra historia, como Froilán Álvarez, Sandalio Suarez, el lasaliano Hno.  Claudio Gabriel y a los benefactores de aquellas instituciones como  Rafael del Riego, ingeniero-director de Hulleras de Turón y  Bernardo Aza, dueño de la mina “Fortuna”.

                                                         Pero no corrían buenos tiempos para la paz en aquellos años treinta. Miguel de Unamuno, el intelectual de más prestigio del momento y buen conocedor del carácter hispano, había alertado de aquel peligro cuando manifestó que “España es la tierra por la que, desgraciadamente, cruza errante la sombra de Caín”

                                                                       Y la sombra de Caín oscureció el cielo de la piel de toro a mediados de julio de 1936.

                                                              Con el país convertido en una auténtica escombrera a causa de la Guerra Civil ,el nuevo régimen que surgió de ella, arrasó con la mayor parte de aquellas instituciones. Lo único que a toda costa se procuró salvar fue la producción hullera que, por ser fuente energética básica, era de vital importancia  para evitar que se paralizasen los sectores fabriles de la nación, ya que el aislamiento internacional a que estaba  sometido el gobierno, impedía cualquier  posibilidad  de importación. Los mineros turoneses iniciaron ,entonces, una nueva etapa, crucial, plagada de sacrificios, en la que la realización de largas jornadas laborales, infladas de horas extraordinarias, era un deber inexcusable. Ello se entiende  si reflexionamos un poco sobre el trabajo del minero que nada tenía de  fácil: sin tener en cuenta su insalubridad, desde un principio ya manifestó esa otra vertiente arriesgada que tantas muertes  y mutilaciones ocasionó, como era el manejo de la dinamita y  la presencia inesperada del grisú. Página  lacerante   y heroica   la    que    escribieron aquellos obreros de los años cuarenta. El Valle estaba dando un gran ejemplo a  la patria, pues , en 1942, había mejorado la producción de 1935 en nada menos que ¡300.000 Tm¡  convirtiéndose  Hulleras  de  Turón en la segunda  empresa  minera       de  España . Otros  datos  posteriores

Turon polio
La cumbre mítica de Polio y a sus pies la zona media del Valle.

avalan la importancia histórica  de esta tierra. Así, en    1958, salieron del Valle  un  millón  de Tm de hulla lavada  (810.000  correspondientes a Hulleras de Turón  y 190.000 a Minas de Figaredo). Ese mismo año, José Vitos, antiguo trabajador de “Vía Estrecha”, se convirtió en el primer español  que atravesó a nado el Canal de la Mancha, grabando para siempre el nombre de Turón en los anales de la  natación mundial. Por su parte,  el  Coro Minero fundado en  1950, obtuvo diez años más tarde, un clamoroso éxito en el Certamen de Habaneras de Torrevieja, lo que sirvió para demostrar a las claras que los modernos trovadores surgidos de esta tierra sabían algo más que picar carbón en un valle convertido en una auténtica factoría

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Vista del cordal de L.longalendo desde la solana.

en la que se afanaban 8.000 trabajadores con una población que llegó a alcanzar los20.000 habitantes en 1960.  A  partir de entonces, entramos en la fase postrera de nuestra historia: la huelga de 1962 que significó un punto de inflexión en la trayectoria reivindicativa del colectivo obrero, la gran  catástrofe del  grupo Santo Tomás, en 1967, donde perecieron 13  mineros, la desaparición de Hulleras de Turón el  uno de julio de  1968 por integración en la sociedad estatal HUNOSA  como “Grupo de Turón”, la galopante crisis del carbón y la clausura de los  últimos  centros de trabajo (pozo Santa Bárbara en 1995 y pozo Figaredo en 2007) que ponían cerrojo a siglo  y medio de minería. Luego vino la época  postminera pero esa es otra historia.

Urbiés
Urbiés está situado en la cabecera del Valle.

                                                                                            

                                                        El artículo que aparece, a continuación, es el resumen de una obra de Manuel Jesús López que vio la luz en 1991 titulada “Un filántropo asturiano: el brigadier Solís” que pasa por ser la primera  y única biografía sobre el militar ovetense, y de un estudio del mismo, “El escultor de Santibanes”, publicado en el Boletín del REAL INSTITUTO DE ESTUDIOS ASTURIANOS en 1995, que versa sobre Tomás de Solís, padre del anterior.

                                  

Mi bautismo histórico-literario. El brigadier Solís y la Colegiata de Murias de Aller.

                                                   Desde los años tiernos, mi padre me contaba como su abuelo Ángel Martín de Enverniego había estudiado Latín en Murias, a mediados del siglo XIX, antes de ingresar en el monasterio de Corias. Es, por tanto, que ese pueblo siempre tuvo para mi una magia, un atractivo especial. Aunque hube de esperar hasta los años ochenta del pasado siglo, una vez despreocupado de otros menesteres, que fue cuando comencé a recopilar datos sobre aquel centro docente, al parecer, relacionado con un personaje de apellido Solís,  oriundo de Santibanes, pastor en su niñez, que al ver diezmado su rebaño por los lobos cierto día, tuvo que huir de casa por miedo a la represalia paterna. Circulaba por el pueblo el rumor de que habiendo embarcado para las Indias allí amasó una gran fortuna que luego legó para la erección de un impresionante edificio conocido como “Colegiata de Murias”. En mi mente, apoyado en las escasas líneas que se habían escrito al respecto, había creado la fotografía de sus muros de sillería y las aulas destinadas a la enseñanza. Pensaba en la emoción que me causaría caminar por el destartalado claustro que tiempo atrás habría servido de sosiego a aquellos profesores consagrados a la sublime tarea de transmitir su sabiduría a los escolares del contorno.

Murias de Aller
Murias de Aller. En la parte más alta del pueblo estuvo asentada la Colegiata (foto de Lito Beyman).

                                                     El día que llegué al lugar donde suponía su emplazamiento, me topé de golpe con un extenso solar vacío y con una diminuta escuela que, según los lugareños, había sido construida en tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera. No es difícil imaginar la gran decepción que sufrí, dadas las grandes expectativas que  había fabricado mi imaginación. Me preguntaba, impotente, cual habría sido la causa de aquella ruina. Tenía una gran tarea por delante para desvelar aquellos y otros secretos que se me irían presentando, pero también disponía para la empresa de una voluntad de hierro, de una paciencia infinita y de una ilusión sin límites. A partir de entonces, subí innumerables veces a Murias, contacté con sus vecinos y viví obsesionado con este pueblo. Para mí, cada esquina de sus casas levantadas en continua pendiente, a modo de anfiteatro, encerraba un misterio que necesitaba descifrar. El caminar por sus múltiples callejas hasta el lugar más alto del pueblo donde estuvo asentada la Colegiata me producía una emoción inenarrable. Paralelamente a este trabajo estaba investigando mi genealogía y cuando, a pesar de mi naturaleza turonesa, descubrí que una rama de mi ascendencia materna- los Robezo- procedía, precisamente, de Murias de Aller, este fue el mejor regalo que podía recibir en esos momentos. Efectivamente, mis antepasados habían convivido con los de de Solís durante siglos en aquella feligresía. Fue entonces cuando tomé contacto con personas extraordinarias, predispuestas a ayudarme de forma desinteresada, como Abelardo Lobo Castañón o Luis Jesús Llaneza. En tierras alleranas, si exceptuamos a Joaquín Rodríguez de Moreda, no quedaba nadie que pudiera aportar alguna noticia sobre el asunto que traía entre manos.  De lo que no cabía duda era que la Colegiata se había construido gracias a una manda que  Solís dejó en su testamento para tal fin. Las obras, que concluyeron en 1788, se habían iniciado tres años antes con la profundización de los cimientos, cuya planta tenía unas dimensiones de treinta y un metros de línea por veinticuatro de fondo; en el interior quedó un patio de trece por cuatro metros ampliado por un ancho claustro en derredor. La planta baja estaba ocupada por la capilla, almacén  y caballerizas, dejando el primer piso para la biblioteca y las aulas de estudio y enseñanza disponiendo, también, de un espacioso desván.   

Escuela junto Colegiata
Solar de la Colegiata ocupado en parte por la pequeña escuela construida a principios del siglo XX  (Foto de Lito Beyman realizada en 1989)

 

                        Al tiempo que iba abriendo caminos hacia una mejor comprensión de la Colegiata de Murias,comencé a sentir curiosidad sobre la existencia de su fundador del que apenas había referencias. Lo más sobresaliente era un artículo publicado en la revista “Archivum” acerca de otra importante manda que había dejado en su testamento de la que se había beneficiado la Biblioteca universitaria. Lo más novedoso del estudio realizado por José Ramón Tolivar Faes era la demostración de que Solís -el protagonista principal de esta historia- había nacido  en Oviedo y no en Santibanes de Murias que, hasta entonces, era la creencia generalizada en todo el concejo allerano. A continuación, voy a contar las dificultades por las que pasé para concluir este libro de investigación histórica si tenemos en cuenta mi nula experiencia al respecto pues mi formación universitaria siempre había estado dentro de los campos de la ciencia y de la técnica; además quiero advertir que la historia que sigue fue, en realidad, más compleja de lo que se describe pero para no aburrir al lector la hemos simplificado.

                        En los años ochenta y coincidiendo con el mandato  municipal de Antonio Masip en  Oviedo, aquel médico e investigador histórico, merced a sus interesantes libros dedicados a la capital carbayona, fue nombrado “Hijo adoptivo de la ciudad”;poco después, gracias a mi condición de funcionario del Ayuntamiento, pude acceder al Alcalde  con facilidad para que me facilitara una entrevista con aquel, pues suponía que podría servirme para iniciar el rastreo  y búsqueda de informaciones sobre Solís. El Dr. Tolivar, casado precisamente con una nieta de Clarín, me recibió en su domicilio con gran cordialidad- le recordaré siempre- y cuando entramos en materia pude comprobar que no podía darme noticias que yo no conociese ya en ese momento; sin embargo me  hizo algunas sugerencias, me mostró una separata sobre ingenieros militares en las Indias de Calderón Quijano y me disipó dudas sobre datos  y abreviaturas que venían en aquella a pie de página. Todo ello me sería de mucha utilidad para añadir nuevas rutas a mi investigación. dirigidas, fundamentalmente, hacia los archivos de Indias y de Simancas. Abelardo Lobo, mencionado más atrás,  que era  natural de Conforcos y vecino de Oviedo en ese momento,  había sido en su primera juventud  empleado del Ayuntamiento de Aller  ejerciendo, posteriormente, como Facultativo de Minas y Fábricas en Duro Felguera y en Fábrica de Mieres. Pues bien, este hombre pronto se entusiasmó con mi idea de profundizar en el fenómeno cultural de la Colegiata de Murias de la que él mismo tenía algunas referencias  así como de su fundador y, por tanto, iba a ejercer sobre mí una gran influencia para que el trabajo que quería acometer llegase a buen término. Un día  me concertó una entrevista con  D. Genaro Fueyo , maestro de Murias e hijo del último dómine, al que conocía de su época en las Consitoriales de Cabañaquinta donde el maestro era concejal; en otra ocasión , dada la condición de soldado de D. Lorenzo de Solís que yo ya conocía, me presentó en el Gobierno Militar a un comandante del Ejército que era amigo suyo para que me pusiera en contacto con el Archivo Militar de Segovia. En fin… solo bastaba que yo le propusiera la posibilidad de contactar con alguna persona  o institución con la finalidad de hacer avanzar la investigación que, si estaba en su mano  era cosa resuelta. Siempre que yo tenía alguna vacilación del camino a seguir, acudía a su casa y me proporcionaba, después de una animada conversación la mejor salida. El caso es que, curiosamente, entre Abelardo y yo concurrían dos circunstancias  que favorecían una perfecta sociedad: Abelardo había nacido en 1921, casualmente el mismo año que mi padre, y en alguna ocasión me  confesó, a modo de queja, que su hijo mayor, que en esos momentos estudiaba una carrera técnica, no sentía ninguna inclinación por la historia del concejo natal. Por otra parte, mi padre, amante de la cultura, al que la Guerra Civil impidió la conclusión del Bachillerato, había sido el primero que me habló de la Colegiata,como señalé más atrás, pero ahora estaba padeciendo las consecuencias de una trombosis  sufrida recientemente.. Por eso, Abelardo vio en mí los anhelos que su hijo no tenía y yo vi en él al sustituto ideal de un padre que no podía ayudarme muy a su pesar.  Cuando Abelardo y yo visitamos al maestro en su domicilio de la calle San Pedro Mestallón éste, octogenario y enfermo, me comunicó que sí había tenido documentos relacionados con la época de los dómines pero, ahora, con la memoria casi perdida y el cambio de domicilio muchos de aquellos papeles se habían perdido. No obstante, me animó a que consultase los libros parroquiales que su familia había salvado de la destrucción  por elementos incontrolados ocultándolos bajo tierra en la guerra pasada. Me pasó, incluso, una carta relacionada con la Colegiata y fechada en 1815; también me dijo que había una joyería en la ciudad cuyo dueño era descendiente indirecto del brigadier. Sin pausa fui a visitar aquel establecimiento y lo que me dijeron que cierto profesor de la Universidad tenía documentos relacionados con el brigadier. Raudo  y veloz , me dirigí a la Secretaría de la Universidad y , por fin, logré  entrevistarme con aquella persona que, en adelante para no desvelar su identidad le vamos a llamar “el enredador”. Al presentarme en su despacho se mostró muy afable y, entre sonriente y sorprendido, me fue desgranando, poco a poco, sus argumentos: tenía documentos sobre Solís pero no podía facilitármelos, de momento, pues, precisamente estaba preparando un libro que, en alguna parte del mismo, tocaba la figura de aquel personaje.. Me pidió comprensión y si no me urgía mucho (¡Claro que me urgía!) que tuviera un poco de paciencia porque, pasados unos meses, me facilitaría alguna información al respecto. Cuando , semanas atrás, contacté con Joaquín Rodríguez en Moreda, pude comprobar el amplio archivo que tenía sobre el concejo de Aller. Esta visita me fue concedida gracias a la intercesión de VIMA ( Vidal Manuel González Estrada), corresponsal de “La Voz de Asturias” en aquella localidad. Antiguo empleado de Farmacia, desde sus años mozos se había dedicado a recoger todo tipo de noticias sobre el municipio y, ahora, ya jubilado, disponía de uno de los mejores acopios de datos-si no el mejor- sobre temas alleranos. Joaquín me facilitó desinteresadamente  algunas notas sobre D. Lorenzo de Solís que ignoraba y también tenía algunas otras informaciones sobre el militar que ya eran por mí conocida. 

                       Volviendo al “enredador”, me aseguró en aquella primera entrevista que había conseguido algunos datos de forma rocambolesca y al preguntarle si se conservarían  sus planos de fortificaciones de Solís como ingeniero militar que había sido, me insinuó que podía haberlos pero que no podía decirme más por el momento. Tratando de abrir nuevas vías investigación, algún tiempo después ´me desplacé a Murias pero, en general, la idea que tenñian los lugareños de la Colegiata y de su fundador era bastante vaga.Al parecer, todavía veinte años atrás vivían algunos vecinos que , dotados de una memoria prodigiosa, me hubieran contados multitud de anécdotas acerca de alumnos  y profesores de aquellas clases de Latín que, en otro tiempo, habían marcado la pauta cultural, no solamente de la parroquia sino de todo el concejo. Fue una verdadera pena no haber llegado a conocer a personas como Cipriano de Santibanes, una verdadera enciclopedia en temas antiguos, pero tuve ocasión que departir con Casimiro, un anciano  próximo a los noventa años que tenía su casa justamente debajo del solar que había ocupado la Colegiata. Este hombre era muy popular por sus pronósticos meteorológicos fundamentados en métodos puramente artesanales. Siempre que iba por allí me invitaba tomar sidra y “entre culín  y culín” mostraba su escepticismo acerca de la idea tan extendida  por aquellos lares de que Solís hubiera  apacentado ovejas en su niñez por los montes de Santibanes. “No debía de ser tan humilde para disponer de tanto dinero al final de sus días”, me dijo en cierta ocasión.

                         Durante el verano de 1988 volví al pueblo y después de examinar el terreno donde estuvo asentada la Colegiata, con la ayuda de mi mujer medí sus dimensiones y , a partir de esa información, levanté un plano de la misma, apoyándome  en otros datos complementarios  de los que disponía correspondiente a la desaparecida  edificación.

                             Poco antes de la primavera del año siguiente, decidí visitar, de nuevo, al “enredador”. Ya en su despacho me dio a entender que tenía el trabajo muy retrasado y que con toda seguridad no lo terminaría hasta el año siguiente. Ante mis requerimientos, prometió facilitarme una copia del testamento de Solís, así como otro tipo de documentación que una amiga suya había obtenido de un archivo particular.Una vez más salí de aquella estancia con un extraño sentimiento que era una mezcla de impaciencia, desilusión y esperanza. Esperanza de que por este conducto iba a conocer nuevos detalles de la obra de Solís.

                                    La investigación estaba un poco estancada y en el mes de noviembre se iba a celebrar en el Colegio de Médicos una conferencia acerca del sistema docente durante el siglo XVIII. Me pareció interesante para profundizar en la enseñanza que se impartía, precisamente, en la época de funcionamiento de la Escuela de Latinidad de Murias. Propuse a Abelardo que me acompañara al acto a lo que accedió gustoso y , al final del mismo, me presentó a Luis Jesús Llaneza, a la sazón catedrático de Matemáticas y natural de Mieres. Al decirle que había sido mi profesor en aquella especialidad en los años cincuenta en la academia de D. Cesáreo Freije se sintió sorprendido y encantado a la vez. Lógicamente, no se acordaba de mí pues solo fue durante un curso y habían pasado muchos años. Sin embargo mostró atención por lo que estaba haciendo y me habló de algunos centros de enseñanza que habían existido en la comarca del Caudal pues había realizado un estudio sobre esa cuestión. La prueba evidente de su interés es que siempre que lo veía por Mieres me preguntaba por el desarrollo de mi investigación. investigación que tenía embarrancada después de algunos movimientos infructuosos. Al comentarle a Abelardo que olís había fallecido en Veracruz , me sugirió que escribiese a los archivos más importantes de la capital azteca. Para ello me indicó que me pusiera en contacto con la Embajada española, la cual me facilitó las direcciones de la Biblioteca de la Facultad de la Historia y del Archivo Oficial de Notarios de Veracruz  y del Centro Asturiano de México D. F. con el propósito de obtener una copia del testamento de Solís. Pero solo obtuve de todos ellos el silencio por respuesta. A continuación comencé  a estudiar los protocolos notariales del concejo de Aller y, a pesar de las muchas horas que  pasé en el Archivo Histórico obtuve escasos resultados sobre la Colegiata. Abelardo, no obstante, me animaba a que siguiera en la brecha sin desanimarme.

                                    Llegaba el invierno de 1989 y aún no descartaba obtener información “in situ”, es decir, en Santibanes de donde procedían los Solís. Había quedado de subir al pueblo con Abelardo pues como allerano que era conocía algunos vecinos pero al llamarle el sábado que habíamos concertado desde Pola de Lena, donde yo vivía entonces, me dijo por teléfono desde Oviedo que estaba algo enfermo y que había que dejarlo para algo  más adelante. Abelardo siempre me había dicho que, desde un tiempo atrás, tenía problemas cardíacos y no seguía a rajatabla el régimen que le había impuesto el médico. Yo, sin entrometerme demasiado, le decía en alguna ocasión que cuando era necesario había que seguir las instrucciones del galeno y le ponía el ejemplo de mi padre: en 1985 recibió el primer aviso ( sufrió un ictus) y el médico de cabecera aconsejó su ingreso en una residencia sanitaria para hacerle las pruebas pertinentes. Lo llevé al hospital del Naranco, pues estaban reparando el de Mieres por aquellas fechas  y el especialista , al final, le recetó “Inyesprin”( la  sustancia terapéutica era ácido acetilsalicílico) con la obligación de tomarlo dos veces por semana y recuerdo que le dijo que era para siempre .Pues bien, al cabo de un año se sintió bien y no quiso tomarlo más, a pesar de la insistencia de mi madre y, sobremanera, de la mía particular. El resultado fue que al cabo de unos meses le dio  un ataque mucho más fuerte y en ese momento estaba en una silla de ruedas. Abelardo me daba la razón pero  me decía que en su caso “resultaba muy difícil llevar el régimen que me marcaba el médico. Por saltarlo de vez en cuando no creo que ocurra nada”.

                                 Yo no desistía en la posibilidad de contactar con algunos parroquianos de Santibanes y ante la enfermedad de Abelardo. Llamé a VIMA, el periodista, y este me puso en contacto con una persona que era bastante conocida en el municipio, cuyo nombre me reservo por razones evidentes, y un domingo  de aquel invierno , se mostró muy afable en aquella entrevista realizada en una cafetería en Moreda, ante un “martini”, prometiendo avisarme para llevar a cabo la visita a Santibanes a fin de contactar con algún vecino que pudiera facilitarme la información que  yo andaba buscando. A finales de febrero de 1990, ya habían transcurrido varias semanas de aquel encuentro y me decidí a telefonearle. Al otro lado de la línea, una voz apagada me dijo, entre otras cosas, que se encontraba afectado por una gripe y que un fin de semana próximo, cuando mejorase el tiempo, me llamaría. “Tú despreocúpate del tema”- finalizó en plan tranquilizador. Y tanta despreocupación me pidió que, aún hoy, estoy esperando su llamada.

                            Habían pasado bastantes meses desde la última visita al “enredador” y  decidí visitarlo una vez más  para comprobar de una vez por todas si me daba buenas noticias. Era una mañana del mes de abril cuando llegué a su oficina y recuerdo que le expresé, entre otros aspectos, mi sentimentalismo hacia la Colegiata de Murias pues, por una parte, allí había estudiado mi bisabuelo paterno y, además, de aquella parroquia descendían mis antepasados maternos.Ante tales manifestaciones de cariño por un proyecto me respondió con un desamor: no podía facilitarme ninguna de aquellos datos que poseía pues todavía no había publicado el libro y, además, su amiga ahora quería hacer  un trabajo sobre la fundación de Murias. Al oír estas palabras, me produjeron el efecto de una puñalada. Habían transcurrido dos años y al final me despachaba con tan peregrinos argumentos. Lo que más me dolió, no fue el  negarme aquella información, pues, en último caso,estaba en el derecho de reservársela, sino el haberme tenido engañado tanto tiempo con falsas promesas.

                            Fue un paso atrás pero no perdí la moral. Las nuevas señales sobre la vida del brigadier iban apareciendo a través de los archivos nacionales, así como numerosos planos que realizó durante sus destinos en la Península, todo ello suponían unas 100 páginas y  me permitían ya conocer la personalidad de nuestro protagonista con bastante detalle, aunque no lo consideraba suficiente para publicar un libro porque , además, los datos que tenía  de la Colegiata eran insignificantes y yo quería hacer un trabajo donde se reflejara la vida  y la obra de Solís. Haremos  un alto en el camino sobre el desarrollo de la investigación para hablar en las próximas líneas, a modo de resumen, de su trayectoria profesional:

   

                        Un ingeniero benefactor

                                    D. Lorenzo de Solís nació en la ovetense calle del Rosal en 1693, realizando sus primeros estudios en el colegio S. Matías , situado donde actualmente se encuentra la plaza del Fontán  y regentado por los jesuitas. En su infancia conoció Santibanes de Murias de donde era natural su padre Tomás. En 1709 pasó a la Universidad pero, hacia 1713, un suceso inesperado- un lance de honor o fuertes contradicciones amorosas, según otras versiones- van a torcer su destino. Esta es la causa del abandono de la casa materna( su padre ya había fallecido) sentando plaza de soldado en León. Consciente de su capacidad para las Ciencias,solicita el traslado a Galicia iniciando los estudios de Matemáticas en la academia del Cuerpo de Ingenieros de Santiago de Compostela……   

Solís
El brigadier Solís (reproducción de un lienzo de Reyter, pintor alemán afincado en Oviedo a finales del siglo XIX).

                                                            (CONTINUARÁ)

………………<> ………………

                Retomando la historia de la investigación, recuerdo que un día del mes de mayo de 1990 volví a encontrarme en Mieres con el profesor Llaneza y al preguntarme como iba la investigación sobre Solís, le expliqué la cruda realidad, de que me faltaban datos para una segunda parte y me parecía del todo imposible encontrarlos en algún sitio. No obstante, me alentó para que visitara  el llamado Archivo de Fundaciones que yo daba por perdido, situado según sus referencias en un edificio de la ovetense calle de santa Teresa. Cuando lo descubrí en un sótano de la antigua Delegación del Ministerio de Trabajo, empecé a ojearlo con una mezcla de nerviosismo y ansiedad. La verdad es que no se trataba de un archivo oficial, sino que aquella documentación estaba allí amontonada en unas pocas cajas y carpetas sin que nadie supiera de ella, pues según declaró el conserje, desde su ubicación en ese edificio hacia varios años, había sido consultada solo por cuatro  personas.  Llegué a conocer  la identidad de todas ellas: una era el profesor Llaneza, luego estaba “el enredador” y su amiga y del cuarto no voy a hablar mucho; solo decir que era de Mieres del Camino,que yo tenía una relación normal con él y , sin embargo, me lo ocultó; más tarde, cuando deduje que él sabía de ese archivo ,se lo dije y me confesó que el “enredador” le había insinuado  que bajo ningún concepto me informase del mismo. El que ahora no tuviera reparos en contarme este detalle se debe a que también estaba  molesto con el “enredador”, pues le había facilitado unos documentos para un trabajo de investigación y luego se había “olvidado”  de citar su nombre. Estos “olvidos” se dan de vez en cuando en este mundo de la investigación. Siguiendo con el “archivo”, decir que consistía en una estancia  cerrada permanentemente y, una vez que obtuve el correspondiente permiso, había que pedir la llave al funcionario para acceder a él. Los fondos, bastantes descuidados por cierto, ocupaban una parte mínima de una estantería metálica maloliente y procedían de obras de beneficencia como escuelas pías, hospitales, etc. cuya administración, en otro tiempo, había sido competencia del Gobierno Civil de la Provincia  y al seguir otro conducto diferente  a los archivos de la Real Audiencia o del Obispado, se habían librado de la catástrofe cuando la revolución de 1934. Uno de los primeros legajos que observé era un libro de cuentas referente al hospital de peregrinos de Nuestra Señora de la Brañuela que estuvo ubicado en el puerto de Vegarada. Seguí examinando los rótulos de  aquellas cajas hasta que, de repente, aparece ante mis ojos  una carpeta atada  con un lazo rojo que decía: “Obras Pías de Solís”. La abrí con rapidez y nada más  inspeccionar los primeros documentos pensé: Aquí está el famoso archivo particular de la amiga del “enredador”. No me equivocaba un ápice pues pronto encontré una carta en la que se mencionaba al administrador de las fundaciones de Solís a comienzos del siglo XIX, el Dr. Argüelles, a la sazón catedrático de la Universidad de Oviedo, que había cometido un desfalco de los fondos aprovechando el descontrol existente en los años de la guerra contra las tropas de Napoleón, hecho que me había insinuado someramente “el enredador” en una ocasión.

                                 Comprendí, desde ese momento, que con aquella documentación que tenía ante mí ya podía plantearme seriamente la idea de publicar un trabajo de mediano alcance sobre el brigadier; hasta entonces no. Aquel fue un día crucial para la conclusión de un proyecto que traía entre manos desde hacía tiempo. Corría el mes de junio y allí estuve los días necesarios hasta vaciar todo el contenido de la carpeta ( unos cien documentos), en unas condiciones bastante insalubres: al tratarse de un sótano la habitación no tenía ninguna ventana y un perfume, no precisamente a ámbar, se desprendía de aquellas estanterías pues, además, en cada sesión, según me indicó el conserje el primer día, tenía que encerrarme por dentro con llave para que nadie supiera que estaba allí pues aquel, en  un principio no quería permitirme el acceso a aquel archivo semiclandestino porque alegaba que no era oficial y que no tenía ninguna obligación de hacerlo. Finalmente cedió, al decirle que venía de parte del profesor Llaneza, catedrático de Enseñanza Secundaria que lo había utilizado y por él supe de su existencia. Ni que decir  tiene que  en estas trabas y pequeños impedimentos algo tenía que ver “el enredador” que, a su paso por el mismo, dejaría la correspondiente recomendación.

                    Durante todas aquellas  transcedentales jornadas en que iba descubrien -do nuevos documentos  una extraña sensación me atenazaba las entrañas. La emoción que me embargaba era inconmensurable. Se trataba de un sentimiento profundo que no he vuelto a experimentar. Lo había tenido alguna vez en mi juventud pero por otros motivos. Hasta aquel día en que me encontré con este archivo no oficial, era tal el convencimiento que tenía de la pérdida de todo tipo de información sobre las fundaciones de Solís a causa de los conflictos armados de los años treinta, que repetidas veces me golpeaba la frente con los nudillos de la mano para constatar de que no se trataba de una ilusión. Terminada mi tarea en aquel sótano, llegó el día de la despedída ante el funcionario que tan amablemente me había permitido el acceso al archivo fantasma – aunque con alguna reticencia al principio como hemos visto-y yo aún continuaba dominado por aquel cosquilleo que se  me producía en el alma. Debía de ser el resultado del choque entre el consciente  y el subconsciente, quien, largamente mentalizado de la inexistencia de aquellos datos, se resistía ahora a admitir la realidad.

                                 A finales de julio, estuve con Abelardo y le informé del descubrimiento del nuevo archivo y se sintió emocionado con todo lo que le contaba. Por parte, me habló de su intención de pasar una larga  temporada en  Andalucía, para también visitar  la ciudad de Ceuta donde tendría ocasión de comprobar alguna de las obras de fortificación realizadas  por Solís. Personalmente, en aquellos días yo también estaba entusiasmado con el desarrollo del libro que ya iba perfilando pues las cien primerasv páginas versarían sobre la biografía del brigadier que ya tenía acabada y la segunda, otras cien páginas, las llenaría con el estudio de las fundaciones que dejó a su fallecimiento Es por ello que aprovechando mis vacaciones en el mes de agosto, me empleé en dibujar un plano de la Colegiata con los datos directos e indirectos de que disponía.

Colegiata 1
Colegiata de Murias (dibujo de Lito Beyman realizado en 1990).

                     Cuando llegó el otoño ya había concluido la obra y la segunda parte de la misma en la que reflejaba los avatares por las que pasó la fundación de Murias, quedan sintetizados en las líneas siguientes:

 

 

 

 

                                                     Un Instituto en la montaña asturiana 

                                                                                                                                                                                                  La Colegiata que, esencialmente, era una Preceptoría, vale decir, un establecimiento del que se salía con un perfecto dominio de la lengua latina, condición “sine qua non” en aquellos tiempos para acceder a los estudios superiores. Tuvo por primer director a D. Francisco Solís, profesor de Humanidades y deudo del fundador. Estaba asistido por los docentes D. José González y D. Francisco García Lobo. Con su inauguración, el pueblo de Murias se animó de una forma inusitada. Las estrechas y empinadas “caleyes” comenzaron a  abarrotarse  de estudiantes  y las casas se llenaron de huéspedes; al terminar el curso marchaban unos y llegaban otros para remplazarlos. Y así un año tras de otro. Murias de Aller se convierte en el faro cultural que ilumina, no solo el concejo sino a toda la comarca  que baña el rio Caudal y sus afluentes. Empero, este desarrollo normal de la institución va a durar solo veinte años y sus causas hay que buscarlas en un hecho extraordinario que se produce en Francia  a la par del nacimiento de  la Colegiata. Se trata de la Revolución Francesa que culminará con la llegada al gobierno de un hombre ávido de poder y desmedido en sus intenciones expansionistas: Napoleón.

                                               Al llegar a Asturias las tropas francesas, la actividad académica queda, prácticamente, interrumpida y el profesorado se reducirá, desde entonces, a una sola persona, y en diversos períodos desaparecen las clases de Latín, limitándose en esos casos la enseñanza a los estudios primarios. Pero este no será el único contratiempo que sufrirá la fundación de Murias, pues, ya en 1798, con la llamada “Desamortización de Godoy” dejaron de percibirse las “Rentas del Tabaco” ( una inversión de la Colegiata” ) al ser absorbidas por la Hacienda Pública. Pero, ahora, con el ejército galo en el suelo patrio, el Estado entró en bancarrota suspendiéndose todos los pagos. A todo ello hay que añadir el desfalco producido por los administradores de las “Obras Pías de Solís” que estaban radicados en Oviedo. Unos  y otros dejaron a la Colegiata, únicamente, con el censo impuesto por el vecino de Llamas D. Sebastián Gutiérrez, que ascendía a 25. 000 reales, los cuales redituaban al año 647 reales  y 17 maravedíes. Pasada la guerra, continuó al frente de la enseñanza el maestro García Lobo, y en 1826 se contrató a D. Manuel Rodríguez, profesor de Latinidad y natural de Bello, que recibía 600 reales anuales de honorarios, disponiendo la Colegiata en ese momento de apenas 700 reales, cantidad a todas luces insuficiente para mantener la institución en pie.

                   Ante la precariedad que atravesaba la fundación, diversas comisiones alleranas intentaron recuperar documentos perdidos, como tres acciones contra el Banco Nacional de San Carlos -actual Banco de España- impuestas en 1784 por valor de 2.000 reales pero, debido a la tormentosa historia que sacude a nuestro país durante toda la centuria, sumido en una constante guerra civil, la legislación está sometida a un continuo cambio y ello va a afectar desfavorablemente a la Colegiata de tal manera que ninguna de aquellas delegaciones alcanzará los objetivos propuestos pues, si bien, los hombres del siglo XVIII habían atribuido la decadencia de España al modelo económico que era necesario transformar, en cambio, en el siglo decimonónico se señalaba a la estructura política como la causa básica de tal declive y se pretendía que la educación fuera universal, gratuita  y obligatoria, sufragada a cargo de los fondos públicos. Ya en el Título XI de la Constitución de 1812, la educación pasaba a considerarse como asunto de Estado.

    La etapa de los dómines  y fin de la Colegiata

                          En el año 1840, la Junta de Instrucción Local destituyó al maestro García Lobo aduciendo problemas de edad y le sucedió en el cargo  D. José Fernández Velasco. Es esta época cuando la Colegiata desaparece como tal institución y también el grandioso edificio que la albergaba pues, lamentablemente, lo dejaron caer aquellos gobiernos que se autoproclamaban como progresistas.

                                 En síntesis, la fundación muriense, había ido perdiendo, paulatinamente, sus rentas- la rapiña y las vicisitudes de los tiempos- hasta que al final sus bienes pasaron al Gobierno Civil. El profesor Velasco, antiguo seminarista, dedicará toda una vida a la enseñanza del Latín y Humanidades por una retribución insignificante. En ese tiempo pasaron por su aula- que había trasladado a la Casa Rectoral- hasta mil alumnos que no solo procedían de Aller sino de otros concejos que se disputaban el honor de recibir instrucción de tan preclaro maestro. Vivió en una época tumultuosa en que temporalmente se cerraban seminarios  y universidades. Era, entonces, cuando este educador, aparte de las asignaturas señaladas, impartía  lecciones de Filosofía  y Teología. Murias de Aller seguía brillando con luz propia. pero, a su sapiencia, había que añadir sus excelentes cualidades humanas. Alguien del concejo que le trató dijo que, el “antiguo dómine”, denominación con la que se le conocía popularmente, “era el padre de los pobres, el consuelo de los enfermos y el pacificador de las discordias”. Falleció, lleno de méritos y llorado por todos, el 24 de setiembre de 1884. Le sucedió su yerno, D. Cesáreo Fueyo, que el 1 de enero de 1892 abrió su cátedra en Murias para continuar tan importante labor. La tarea docente de “el último dómine, que había estudiado Filosofía con los agustinos en el colegio de La Vid (Burgos), supuso como el epílogo de la Colegiata de Murias, por decirlo de alguna manera, y fue, a la vez, formidable y brillante: durante cuarenta años, una cantidad innúmera de alumnos pasaron por su aula y, de entre ellos, muchos llegarían a ejercer prestigiosas profesiones como los hermanos Bernardo  y Antonio Aza de Villarejo o José García de Parana, dominico y profesor en la Universidad de Santo Tomás de Manila.

                     Concluía, así, la obra cultural más importante creada en Aller hasta la inauguración del Instituto de Enseñanza Secundaria de Moreda en 1966, gestada en la mente de un legendario militar 180 años atrás cuando visitó aquellos parajes por última vez.    

                             …………………………………………..<>……………………………………………

                         Una vez confeccionado    el nuevo trabajo solo deseaba que Abelardo me escribiera el prólogo pues nadie más que él estaba legitimizado   para hacerlo. Entonces me puse en contacto con su domicilio después de un par de meses de desconexión entre ambos : él por su desplazamiento al sur de España y tierras del norte de África, y yo por mi aislamiento en casa ultimando el proyecto. 

                         El día que llamé a su puerta, salió  una hija suya  y al preguntarle por  mi amigo, me respondió con una frase que me dejó helado: 

                         -Abelardo falleció hace quince días a causa de un ataque al corazón……

                                                      

 (En breve el desenlace sobre el libro de Solís)             

                                 

                                                    

   

 

 

LA AVENTURA DE LA HISTORIA DE LOS LIBROS DE TURÓN

                                                        No cabe duda que el abandono de la docencia- mi gran vocación- por imperativo apuntado más atrás, no supuso ningún trauma para mí al ser reemplazado, sin solución de continuidad, por un deseo irrefrenable de profundizar en lo posible en el pasado de nuestra tierra. Esta tarea ha sido grata para mí pues solo me ha producido satisfacciones como no podía ser de otra manera ya que  mi afición por la Historia viene de tan lejos que puedo decir que es de toda la vida.

                                                         El primer volumen, “Informaciones el Turón antiguo”, se empezó a gestar en mi imaginación en los años ochenta, pero enfrascado en el proyecto  sobre el brigadier Solís y ocupado en mis clases vespertinas de Matemáticas a lo que había que sumar mis obligaciones como funcionario en jornada de mañana en el Ayuntamiento de Oviedo, lo cierto es que me quedaba muy poco tiempo libre; luego, el grave percance automovilístico sufrido trastocó mis planes de futuro. A partir de entonces, obligado a abandonar la práctica de la enseñanza, durante el dilatado periodo de convalecencia que se prolongó año y medio, se me brindó la ocasión de tomar contacto con el archivo del Ayuntamiento de Mieres donde obtuve importantes noticias sobre el valle de Turón. En esta época, de forma transitoria, estaba ubicado en un sótano del edificio que albergaba la oficina de Correos en la calle Valeriano Miranda. Al cabo de un tiempo, cuando ya había obtenido toda la información necesaria, me dijo el archivero que no recordaba a nadie que hubiera asistido al archivo durante tanto tiempo: fueron unos cuatro meses a comienzos de 1992, en horas matutinas de lunes a viernes, desempolvando papeles y escrutando documentos, que coincidió con la última época de mi baja laboral, una vez que me había recuperado en buen grado de las graves lesiones que me ocasionó el accidente de carretera; además, hay que añadir el hecho curioso de que en aquella temporada fui, en la práctica, el único usuario del archivo lo que facilitó mi labor que no fue interrumpida en ningún momento.

                                                             En lo concerniente a la idea de embarcarme en esta nueva aventura, fue mía sin lugar a dudas. No obstante, es justo reconocer que mi padre había sido el gran inspirador de la obra, pues desde siempre me habló del esplendor del que Turón había gozado en los años de anteguerra que coincidieron con los de su infancia. Ahora, en los años noventa, cuando yo estaba confeccionando los diversos capítulos del libro, él se encontraba postrado en una silla debido a graves problemas cardiovasculares pero se entusiasmaba con las páginas que le leía hasta el punto de exclamar: ¡Este libro va a ser una bomba¡ A la postre tendría razón pues su acogida fue extraordinaria, aunque para mi este hecho no constituyó ninguna sorpresa. Tal era la fe que tenía puesta en el alma de los turoneses que deseaban fervientemente conocer su propia historia. Esta misteriosa intuición creo haberla tenido siempre.

                                                              La publicación de este primer libro “Informaciones del Turón antiguo” tuvo lugar el 20 de mayo de 1995. Con tal motivo fui invitado por el Ayuntamiento de Mieres, a través del concejal de Industria, Arsenio Suarez, para presentarlo de manera oficiosa en un improvisado stand de la Feria de Muestras que el Consistorio mierense organizaba anualmente durante el mes de junio. En el transcurso de aquellos primeros meses recibí la felicitación de gran número de personas, algunas de las cuales me vienen a la memoria como Manolito Huerta, antiguo empleado de Hulleras de Turón, Manolo Mortera, ayudante técnico sanitario de Minas de Figaredo, Juan Luis Martínez de Vega, abogado y nieto de Salvadorón de La Felguera, Plácido Ceballos, químico en una empresa de abrasivos en Madrid e hijo del que fuera chófer de D. Rafael del Riego y de D. Francisco de la Brena, José María García-Tuñón, sobrino-nieto de Bernardo Aza, Manolito Huerta, Manolo Mortera, ayudante técnico sanitario de “Minas de Figaredo”etc. Todos ellos vinieron a mi puesto de trabajo en el Ayuntamiento de Oviedo para conocerme personalmente y mostrarme su agradecimiento por haberles dado a conocer aquel trabajo sobre el valle de Turón que pasaba por ser el primero que aparecía en toda su historia.

                                                        La presentación oficial de la obra se emplazó para las fiestas patronales del Cristo de la Paz. La celebración tuvo lugar el día 6 de setiembre celebrándose en la sede de la  asociación turonesa “Mejoras del Valle”, situada en Vistalegre en la antigua casa de los maestros. Me acompañaron a tal fin el profesor de EGB, Elías Fernández y  el popular y polifacético Miguel Olivar. Días más, tarde, Manuel Menéndez Baquero, me llamó para formar parte del colectivo “Pulso por Turón” que apoyaba un proyecto de inspiración suya con el que se proponía obtener para Turón la declaración de “Patrimonio Histórico de la Minería”. Ya en la primera reunión uno de los convocados, el profesor universitario Fermín Rodríguez, natural de Figaredo, me invitó como monitor para un curso de Extensión Universitaria titulado “Poblamiento den las comarca mineras” durante una jornada que se desarrolló en el valle de Turón. Prueba del interés que suscitaba el libro en cuestión, es que me telefoneó desde Madrid un yerno del antiguo director técnico de Hulleras de Turón, Francisco de la Brena, para que le facilitase el envío de varios ejemplares, algunos de ellos dedicados a las siguientes personas: Dª Rosa Sanchís y Armada (viuda de Brena que tenía 90 años de edad), Pilar y Dolores de la Brena; y Rosa de la Brena, esposa de Juan Castellanos que fue el que realizó la llamada telefónica. También por medio de una librería gijonesa, un descendiente del fundador de Minas de Figaredo, me requirió una docena de ejemplares, pues quería obsequiar con el libro a cada uno de sus hijos. Se trataba de la familia Alvar-González Figaredo.     

 

Turon Lº I
1995. Esta fotografía realizada por Urbano Álvarez corresponde a la presentación del libro “Informaciones del Turón antiguo”. Me acompañan: Elías (1), Varela (2), Arsenio(3) y Miguel Olivar (5).

   

                                                            Finalizaba aquel año de 1995 cuando fui llamado por  la Junta parroquial de La Cuadriella para pronunciar el pregón de las fiestas de Santa Bárbara. Particularmente, para mí, una apasionante aventura no había hecho más que empezar.

Pregón Cuadriella
Pronunciando el pregón de la fiesta de Santa Bárbara.

                                                                                                    

                                                                                                                                                                                              Sinopsis de “Informaciones del Turón antiguo”

                                                         En el libro , que se compone de tres partes y un anexo,  se comienza recogiendo  los documentos más antiguos que se conocen referentes al Valle ( siglos IX al XII)  y, a continuación, se hace un primer estudio de las familias nobles e instituciones religiosas, todos ellos foráneos, que ejercían como grandes propietarios en el siglo XVI y siguientes; además, la reseña de medianos propietarios autóctonos durante los siglos XVII y XVIII. También se refleja la información detallada del catastro del Marqués de la Ensenada correspondiente al territorio y una relación bastante completa de las alcaldes del antiguo concejo de Lena( al que pertenecía nuestro valle) desde 1543 hasta 1836 en que pasa a formar parte del municipio de Mieres. Esta sección se completa desde el punto de vista demográfico con la exposición de tres padrones relativos a los años 1555, 1611 y 1880.En una segunda parte, se hace un estudio detallado de las capillas , iglesias y obras pías fundadas en el Valle, así como una relación muy completa de los curas  y párrocos que ejercían en las tres feligresías existentes (Santa María de Figaredo, San Martín de Turón  y Santa María de Urbiés )  hasta 1930 que es el año final de la obra. En el apartado tercero se plasma la época industrial del Valle con la creación del “Coto Paz” de Figaredo y de “Hulleras de Turón”, sociedades que explotarán mayoritariamente, los recursos minerales del Valle. La parte  final de la obra  o Anexo consta de  catorce reseñas de personas relevantes, del estudio de dos linajes importantes y de doce genealogías de turoneses de no menos interés por su situación preponderante en la sociedad de su tiempo.

                                                                                      Lito Beyman 

 

                                 “Informaciones del Turón antiguo” tuvo una acogida extraordinaria como había vaticinado mi padre. Recuerdo el dato entrañable que me contaba mi amigo Zoilo Martínez de Vega de como su hermano Marcelino, emigrado a la Argentina en los años cincuenta, tenía este volumen en su mesita de noche como libro de cabecera. Marcelino  releía sus páginas y  aquellos relatos y noticias le transportaban al valle de su nacimiento, a la tierra de su infancia y juventud, a la querida tierra a la que ya nunca más volvería. El lanzamiento de “Informaciones del Turón antiguo” me abrió muchas puertas y fueron numerosas las familias turonesas que me empezaron a ofrecer fotografías de sus archivos particulares. Ante tal acopio de imágenes pensé en la posibilidad de realizar un

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Portada de “Informaciones del Turón antiguo”

volumen fotográfico que cubriera en este espacio la carencia del primero en este sentido ya que no había más que 40 ilustraciones en una obra que sobrepasaba las 400 páginas. En este momento debo de hacer una especial mención para dos amigos, que debido a su proyección social y a su nacimiento en una década anterior a la mía, conocían a multitud de personas que pudieran tener interés para nuestro proyecto. Yo solo precisaba abrir la boca para que ellos me pusieran en disposición de poder entrevistarlos sin el más mínimo recelo por su parte. Me estoy refiriendo a Germán Prieto, integrante del Coro Minero en los primeros tiempos y director del mismo en los años setenta y ochenta; también a Genaro Quevedo miembro fundador de la citada agrupación coral e importante tenor en dos épocas distintas de dicha formación. A ambos les debo su total predisposición para ayudarme y me sirvieron de aval ante muchas familias para que me facilitaran datos y fotografías relacionadas con nuestro valle. Titulé el nuevo trabajo “Memoria gráfica del Turón industrial (1880-1980” y se publicó en diciembre de 1997. La presentación tuvo lugar en la llamada “Casa de la Juventud” situada al lado del parque y me acompañaron aquel día, Manuel Baquero, librero, Arsenio Suarez, concejal de Cultura, y de nuevo Elías  y Miguel Olivar.Este libro contiene unas 400 ilustraciones por medio de las cuales se hace un estudio del territorio desde distintas perspectivas: minera, social, cultural, deportiva, familiar, etc, Con esta nueva obra se situaba en sus páginas a unas 3.000 personas en un periodo de un siglo y el libro en el año 1998 ya había tomado los rumbos más dispares (Argentina, Chile, México, EE.UU. Bélgica, Alemania, etc).

Lº II Turón
Presentación del libro “Memoria gráfica del Turón industrial (1880-1980)”

                                    En enero de ese año, fui invitado por Radio Vetusta de Oviedo, en compañía de Baquero y de Fermín Rodríguez para disertar sobre la situación industrial de las Cuencas y, en especial, de Turón. También, a principios de febrero, me llamaron de Radio Nalón, siendo entrevistado en Radio Nalón por la periodista turonesa Sonia Fidalgo, para comentar el nuevo libro y de paso hacer un recordatorio de la historia de Turón. Ese mismo mes me concedieron el “Pote de Oro” galardón anual que otorga el restaurante “Casa Migio” de Urbiés y el ocho de julio acepté la invitación de la asociación de libreros de Gijón para pronunciar una conferencia (“Problemática actual del valle de Turón”) con ocasión de la Feria Anual del Libro, siendo al final solicitado por muchos turoneses residentes en la ciudad para la firma de ejemplares. En setiembre, la SOTUFE tuvo a bien nombrarme pregonero de las fiestas del Cristo que acepté gustosamente pues para mí suponía un honor el dar el discurso de apertura de los festejos principales de mi valle al que quiero tanto. Todos estos requerimientos-debo de confesarlo- me tenían un tanto abrumado, pues me resultaba muy difícil adaptarme a la nueva situación. Lo cierto es que, más adelante, me seguirían  llamando en los distintos medios de comunicación (Radio Asturias, la COPE, la TPA, etc.) coincidiendo con la  presentación de  un nuevo libro y siempre sentía  la misma tensión en el cuerpo como si fuera la primera vez. Había, no obstante, un único pero poderoso  móvil que me impulsaba con fuerza a vencer una cierta indecisión natural ante una emisora de radio o  un estudio de televisión y es que, aparte de ser el autor yo era el editor del libro y necesitaba darlo  a conocer por todos los medios posibles. Esta promoción necesaria me servía, sencillamente, para equilibrar  los numerosos gastos de todo tipo que me ocasionaba su publicación.

Trío S. francisco
1958. Genaro Quevedo (2) formando parte del “Trío S. Francisco”, en compañía de Sito (1) y Baquero (3).

 

Germán con el Coro Minero
1986.Germán Prieto (en el centro) como director del Coro Minero.

 

 

 

Los 4 magnícos
Urbiés 2003. Con mis amigos y  acompañantes en la presentación de varios libros: Zoilo (1), Pablo Prieto (3) y Manuel Baquero (4).
Ovieo Lº V
Oviedo 2007. Un aspecto del público asistente a la presentación de “En busca del Turón perdido”en el Club Prensa Asturiana.
Lº VII Turon
Ateneo de Turón  2011. Presentación de “Memoria gráfica del Turón industrial (Tomo II)”: Baquero (1),Longinos (2),Heradio (4) , Ávila(5)

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Ateneo lº IX
2015. Presentación en el Ateneo del libro “El despertar de Turón”: Nicanor (1), Longinos (2), José Espiño (3), Lito Beyman (4) Heradio González (5), Licinio Tomillo(6).

Ov 7 2017
Oviedo junio 2017. El día la presentación de “Turón,hora cero” en el Club Prensa Asturiana.
Ov. 1
Oviedo setiembre 2017. Con amigos y colaboradores en las presentaciones de los libros: Andrés(1),Urbano(2), José Antonio (3) y Nicanor (5)

                                          ………………………………...CONTINUARÁ